Escucho cálida y breve su sonrisa,
oigo el quebrar de la comisura de sus labios
como una hoja de cristal bajo la lágrima.
Aire,
exhala aire sobre mi sien
con un entrecortado aliento a bruma.
Es ella, nadie más puede ser.
El vacío una corriente invernal
y la locura una estatua derrotada.
Tengo el cuerpo saetado
por punzantes vetas de silencio.
Son las doce y ya han cerrado
los últimos hospitales públicos
cuando en la calle
una anciana sin nietos
con las manos abiertas,
pidiendo explicaciones.
Dicen que no he de quejarme,
que he de ser sordo y ardido,
pero mírame,
tengo el pecho punzado por la luz
de las estrellas que murieron hace siglos
y me quemo.
Ni siquiera los que más corren
logran ser redimidos.
Toma este vals con la boca cerrada.
F.G.Lorca
La ecolalia de las pisadas en las aceras,
la catatonia de los árboles urbanos,
el tedio de los cuponeros y las fulanas,
el llanto de las macetas,
el olor a frito de los bares,
el verde insulto de las alcantarillas,
la soledad del garçon rouge de los semáforos.
La vida entre bastidores.
El claxon, el claxon, el claxon.
Aquella mañana sufrió un infarto el bostezo.
Con la verde melodía para ciegos
se desata sobre el paso de cebra
una estampida de humanidad.
Cuerpos aturdidos por el aroma de urbe
cruzan bizcos sobre flores y rayas,
sobre saliva y excretas de perros
-urbanos también-.
En la brevedad de la luz un niño llora,
y piernas, y zapatos, y rodillas y empujones,
e insultos e intermitencias e incivilidad.
Una mano confundida
le arranca un brazo al cuerpo
que queda ahí, llorando,
y carne y huesos y colillas y niebla.
Se extiende el desierto escrito en la tolvanera.
Un remolino de soledad cruza la habitación
directo a la ventana.
Choca con el cristal y vuelve a intentarlo.
Sobre el escritorio, en un libro abierto
agoniza un poema que lucha por escapar
de la insoportable ordenación del silencio.
Choca contra el cristal y vuelve a intentarlo
un poco más débil.
La bombilla del flexo titubea
y amenaza con el suicidio, mientras
la voz de los vecinos, el ladrido del perro
ya han sucumbido a la hegemonía del desierto.
Choca en el cristal y desiste rendido
llenándose de cuarto y eternidad.
En una atestada cafetería
canturrea la máquina de café
y dan las cuatro en el reloj de cuerda.
Una muchacha morena y frágil
como un olor a grano molido
posa su merengue mirada en mi taza
donde un cortado se viste
de mestizo café con leche.
Su sonrisa, un saquito de azúcar.
Su gesto, una cabriola de cucharilla.
Sobra decir que lo siguiente
fue un dulce sabor a café en los paladares.
Este periodo entre muertes
donde apenas tomo conciencia de mí,
sólo la intuición se atreve a decirme
que algún día
caerán las nubes de una vez por todas,
al tiempo que abriéndose la tierra
brotarán miles de insectos con olor desconocido,
rodeando aquella parte impalpable
a la que nunca acobardó fisterra.
Puede llegar a ser empalagoso.
Las aves vienen de vuelta
vivas.